A menos de tres meses de las elecciones generales, se nota que ya estamos en precampaña. Los partidos comienzan a trazar estrategias para tratar de atraer a la mayor parte del electorado. Si son observadores, pronto se darán cuenta de que en estos meses se nos va a hacer más caso que nunca. Es lo que tiene la democracia representativa: el poder del pueblo consiste en echar una papeleta -cuyo contenido ni siquiera puede ser modificado- en una urna cada cuatro años. Pasada la cita electoral, nada podemos hacer para intervenir en el curso político de nuestra sociedad. De este modo, nuestra soberanía recae en unos partidos políticos que están más institucionalizados que nunca.
Una vez asumido esto, debemos decidir: ¿votar o no votar? El no votar es una decisión que nunca he entendido muy bien, ya que desde mi punto de vista muestra un pasotismo que roza la insensatez; no votar no atiende a nada. Sí es cierto que muchas veces el panorama político invita a la desidia, pero para eso está el voto en blanco, para mostrar que interesa la política y los problemas de la sociedad, pero que se está en desacuerdo con los partidos que la ejecutan o con cualquier otro rasgo del sistema. Si en vez de un 30% de abstención hubiera un 30% de votos en blanco, a muchos les empezaría a doler la cabeza.
Si decidimos votar a un partido político, la oferta es muy amplia; aunque en realidad, exceptuando aquellos lugares en que existe tradición nacionalista, parece obvio que PP y PSOE polarizan el electorado. Quizá porque el Sistema D´ont perjudica a las minorías o quizá porque hemos admitido que son los únicos partidos que pueden gobernar, está claro que, como en tiempos de Cánovas y Sagasta, las alternativas políticas son sólo dos. Está extendida la idea de que PP y PSOE representan a la derecha y a la izquierda en nuestro país; cosa ésta muy discutible, y más cuando a los dos les entran las prisas por aproximarse al centro, ¿qué tendrá el centro que gusta tanto? pues votos, eso es lo que tiene, ya que se supone que los indecisos están en este lugar, y suelen ser los que inclinan la balanza. Tras este análisis tan trivial, está claro el porqué de que ambos partidos se acerquen a ese moderado centrismo. Incluso se atreven a pensar en alto: «Si hago esto me acerco al centro, pero puedo distanciarme de mi electorado de toda la vida…aunque pensándolo mejor debería pensar en el sector más afín porque de este modo podría recuperar a mi gente…». En definitiva, las especulaciones van encaminadas a conseguir votos como sea.
Hablando de especulaciones y estrategias, ya hemos podido observar algunas por parte de estos dos partidos. Por un lado, el PP ha lanzado ya dos órdagos que suenan a desesperados: «Vamos a quitar el IRPF…» y «Vamos a subir 150 € las pensiones»; está claro que son medidas demagógicas con mucha letra pequeña. Además, parece que ahora no interesa hablar de E.T.A, ni manifestarse con la A.V.T… ¿Es este el mismo PP de hace unos meses? Por otro lado, el PSOE se ha echado descaradamente al centro, confiando en que su electorado de izquierdas no le fallará y que conseguirá votos de indecisos; así, parece querer enterrar debates peligrosos como el tema de la eutanasia, del aborto o de la iglesia. Pero esto es un arma de doble filo, ya que la izquierda –siempre abierta y dividida– puede sentirse traicionada y decantarse, por tanto, por otras formaciones que no se avergüencen de su ideología.
En definitiva, nos esperan meses de encuestas, cálculos y estrategias que no buscan otra cosa más que comprar nuestro poder.












Viernes, 21 de diciembre de 2007 |
Política