Con puntualidad vaticana, el moderador, Manuel Campo Vidal, y los verdaderos protagonistas, Zapatero y Rajoy, hacen su entrada en el plató; un plató aclimatado a 21ºC. Decisión, por otra parte, acertada, ya que la temperatura del debate se presume que será alta; muy alta. Para los curiosos: a esa misma hora Antena 3 emite “al pie de la letra” y Telecinco “camera café”. Me acomodo por fin en el sofá y ya estoy preparado para ver, escuchar y estudiar el debate. Tengo una sensación mezcla de recelo y dulce expectación; aunque se impone esta última.
Desgraciadamente enseguida me desilusiono; se cumplen mis peores augurios: se trata de un debate entre sordos con tono duro y crispado. Cada uno trae bien preparado su papel desde casa e importa poco o nada lo que el otro diga. Si uno muestra una gráfica, inmediatamente después el otro muestra una semejante pero con tendencia inversa. Si uno pregunta de inmigración, el otro habla de política social, y cuando el otro habla del 11-M, el uno habla de ETA… Entre medias se dan datos, datos y más datos; datos que siempre juegan a favor del que habla y en contra del que escucha. ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad?
En definitiva, más de lo mismo: apenas nada que verdaderamente interese al ciudadano, muchos reproches y pocas ideas. Media hora después de que el debate haya comenzado, ya estoy hastiado. Me cuestiono entonces si también percibirán esto el resto de telespectadores, o si estoy profundamente equivocado y el debate realmente está siendo brillante. Aun ahora, acabado el debate y acabando este post, me reconcome la duda: ¿realmente creen que mereció la pena el debate?














Martes, 26 de febrero de 2008 |
Opinión