No cabe duda de que la sociedad occidental ha avanzado rápidamente en poco tiempo: grandes progresos en ciencia y tecnología, desarrollo de la industria pesada, nacimiento de la medicina moderna… Pero si por algo se caracterizan los dos últimos siglos, es por las luchas ideológicas. Con la Revolución Francesa, se sentaron las bases de la ideología política y social de la Edad Contemporánea; quedando encarnadas con la Declaración de lo Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Se veía la luz al final del túnel para la humanidad… Pero al mismo tiempo, se daba la Revolución Industrial y se empezaba a forjar el Capitalismo. Con este telón de fondo, se libraron las grandes “batallas” sociales, políticas e ideológicas, desembocando en la época más cruda de la especie humana: choques brutales entre clases sociales, imperialismo, advenimiento de los nacionalismos, Guerras Mundiales, gobiernos tiranos, genocidios, la primera Guerra sin guerra y la amenaza de destruir el mundo… Y con estas credenciales hemos venido a parar hasta nuestros días; días estos en los que se observa un claro vencedor: el Neoliberalismo y sus garras. Doctrina político-económica Basada en “la ley del más fuerte”, el Neoliberalismo ha traído a Occidente un arma de doble filo: El desarrollo humano para borrar lo humano.
Si se les preguntara a los occidentales, la mayoría no dudaría en afirmar que se vive muy bien en estos tiempos que corren, y que el nivel de bienestar y prosperidad es elevado. Dirían que sólo hay que mirar a nuestro alrededor y observar: tenemos un Estado del Bienestar que nos protege, tenemos trabajo, tenemos dinero, tenemos salud, tenemos vicios que nos reconfortan, tenemos comodidades… síntomas claros de que no se vive nada mal. Pero ¿en realidad esto es así? Yo creo sinceramente que no.
Desde mi punto de vista, es muy probable que occidente se halle inmerso en una crisis generacional sin precedentes. La pérdida de fe en las principales instituciones que se encargan de la sociabilidad del ser humano, está generando que se produzca una ingente carencia de valores. El motor capitalista -articulado en las principales corporaciones mundiales- ha pasado a controlar al hombre. Es decir, las instituciones han sido invadidas por las grandes empresas, que no dudan en someter a los humanos con herramientas tan útiles como la publicidad, el consumismo o las corrientes de pensamiento estereotipadas.
Ante este panorama, la sociedad se siente verdaderamente cómoda, pues en realidad no se vive tan mal. ¿Qué más queremos si tenemos pan y circo? Este influjo de conformismo y sumisión se extiende por todos los rincones. En resumen, vivimos sumergidos en una especie de adormidera que nos genera falso placer. Pero a la larga, todo termina por pasar factura: incomprensión, sentimiento de vacío, desidia, sentido de no-control de la propia vida, pérdida de la identidad… rasgos inequívocos de una más que probable deshumanización. Se podría afirmar que el hombre occidental ha sido desposeído de su condición de sujeto autónomo.
Los grandes pensadores contemporáneos han hecho de este problema y de sus posibles soluciones, el centro de todas las preocupaciones filosóficas. En el siglo XIX hubo un filósofo adelantado a su tiempo que empezó a divisar las tinieblas que se avecinaban en Occidente. Fue el Alemán Friedrich Nietzsche. Con su famoso “Dios ha muerto”, anticipaba que Occidente se estaba quedando sin valores. Por una parte, Nietzsche defendió que el hombre debía desprenderse para siempre de la metafísica, de los dioses, y de las falsas entelequias, para así vivir para él y para la vida; pero por otra parte, temía que el Ser Humano no fuera capaz de superar esa ausencia de referencias. En resumen, Nietzsche basó su filosofía en buscar soluciones al futuro de la humanidad. Al contrario de lo que muchos piensan, no era un monstruo nihilista, sino un visionario: vislumbro el nihilismo y la necesidad de afrontarlo, y propuso a su Superhombre como el último fin de la raza Humana. Alternó épocas de esperanza con otras de pesimismo, pero los grandes expertos en la materia apuntan que en los últimos años de su vida juiciosa, su filosofía parecía anunciar que el Ser Humano no se salvaría. Después de Nietzsche, vinieron los existencialistas con Jean-Paul Sartre a la cabeza, que proclamaban lo subjetivo y dilemático del hombre, y se resignaban a aceptar que quizá ya no teníamos solución. Una de las obras cumbres del existencialismo, “El extranjero” de Albert Camus, muestra al Ser Humano deshumanizado de la época, a través de un personaje principal vacío y sin valores que no siente nada cuando muere su madre, que se promete en matrimonio porque no tiene nada mejor que hacer, o que comete un asesinato porque hace calor. Esta gran obra deja una clara disyuntiva: ¿llegará ese día en que estemos vacíos como animales? O quizá haya llegado ya…
Por lo tanto, si aceptamos que la filosofía siempre ha sido la encargada de interpretar las sociedades y a sus individuos a lo largo de toda la historia, y percibiendo que la filosofía contemporánea nos alerta de la decadencia humana, deberíamos empezar a pensar que realmente Occidente está en crisis. Pero tampoco hace falta ser grandes filósofos para darnos cuenta, también la podemos observar con nuestros propios ojos si nos quitamos la venda. Debemos plantearnos, por ejemplo, si realmente controlamos nuestras vidas, si queremos lo que hacemos, o si el consumismo nos hace felices. También debemos pensar en qué ha pasado para que nos hayamos olvidado del prójimo, o cual es la razón de que no nos importe que muera gente de hambre… Debemos, en definitiva, tratar de abrir la mente y el corazón para darnos cuenta de que hay que cambiar, porque ya nos hemos equivocado demasiado.











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