Se levantó dejando atrás una noche de nervios, en la que no había atinado a dormir más de una hora. Al mirarse en el espejo, percibió que sus ojos tenían un brillo especial, lo cual le demostró que aquello no era una coyuntura pasajera, sino algo mucho más profundo. Se vistió apresuradamente y se ahondó en la fría madrugada, en busca del autobús que le iba a llevar a la Gran Ciudad. El viaje que le esperaba era largo, de unas cuatro horas. Al principio dormitó un poco, pero al llegar los primeros albores de la mañana, se despertó y comenzó a notar que los sentimientos le zarandeaban por dentro. Sintió tal emoción al pensar en su amada, que su mano derecha se lanzó a pintar un poema. En él, retrató perfectamente su amor. De este modo, entre versos y emociones, llegó por fin a la Gran Ciudad.
Una vez allí, se dirigió al punto de encuentro y comenzó a soñar con lo que en breves momentos le sobrevendría. «Por fin es la hora», se dijo. Se encendió un cigarrillo, y saboreó el éxtasis de imaginar a su amada; el pecho le palpitaba. Empezó a mirar a su alrededor, ella estaba a punto de aparecer. «Seguro que llega por la espalda y me tapa los ojos para darme una sorpresa», se convencía a si mismo. Y mientras, pensaba en su tez de luz y plata, en su alocado pelo, en su dulzura…
Así, entre sueños y anhelos, pasó una hora, aunque a él no le pareció tal, pues seguía soñando. Ella aún no había aparecido, pero él no perdía la calma. Miró su reloj, y al ver la hora, murmuró: «Seguro que se está retrasando para hacer más especial el momento». Se mantuvo con esperanza durante las dos siguientes horas, pero pronto sintió que aquello no era normal, y que quizá su amada no iba a aparecer. Ya no estaba tan seguro como antes, y las dudas comenzaron a reconcomerle: «¿Le habrá pasado algo?, ¿Qué habré hecho mal esta vez?… » Cuando pasó otra hora más, comprendió que ella no iba a venir.
Quedó totalmente apenado y absorto en la incomprensión: «¿Por qué?». Rompió a llorar; metiendo la cabeza entre sus brazos para que nadie pudiera verlo así. Cuando se calmó un poco, alzó la mirada y vio a lo lejos a una dulce muchacha. «¡Es ella!» se dijo; y empezó a llamarla. Al oír los gritos, la muchacha se dio la vuelta; él, lleno de emoción, sacó de su bolsillo el poema que le había escrito y se acercó a ella.
-¡Lolita!, ¡Lolita!… por fin has llegado. Sabía que ibas a venir… Te he escrito un poema; sé que te gustan…
-Lo siento –interrumpió la muchacha-, pero no me llamo Lolita. Creo que me confundes con otra persona.
- Por favor Lolita –dijo él sollozando-, toma este poema y hazme creer que no has vuelto a romperme el corazón.
La muchacha quedó estupefacta. Observó más detenidamente al extraño, y descubrió en él un marcado carácter atormentado. Al ver que éste le ofrecía una hoja de papel, y sintiendo una enorme lástima por él, la tomó de sus manos y comenzó a leerla:
Porque cada día te busco,
Aunque no sé bien dónde estás…

























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