Ansiado día para los padres y triste para los niños: la vuelta al cole; día de idas y venidas, de despedidas y reencuentros, de libros y cuadernos resplandecientes, de pilas recargadas, de sueños renovados… ¡quien fuera niño! parece que después del verano, por fin, todo vuelve a su cauce: vuelve el frío otoñal, las tardes nubladas, las piruletas con forma de espiral y dócil sabor, y sobre todo vuelve la esencia.
Las jóvenes criaturas bañadas en inocencia regresan a la fábrica de los sueños: el colegio. Se respira aire de entusiasmo y apoteosis infantil. Da gusto escucharlos y sentir que son tan puros; uno puede sentarse a jugar con un niño y sentir como todo se hace infinito y cándido a sus ojos. Nos damos una vuelta por las aulas y vemos que están llenas de futuros médicos, astronautas, abogados, futbolistas, periodistas… el que menos sueña con ser político.
Pero al volver a la calle: ¿dónde están esos sueños? caminamos y nos encontramos con Victorias Beckhams, Pocholos y Dinios. ¿Qué pasa?, ¿qué nos hemos saltado?
Corren tiempos de vulgaridad y crisis generacional, se puede oler en las calles. Ya nada es sutil, no triunfa la poesía y rezuma la melancolía de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y todo porque hemos despertado del sueño de ser niños, ya no vamos al colegio ni jugamos a la pelota, ni siquiera cogemos de la mano a la niña del pelo lacio, ¡que va! Somos demasiado maduros para eso, nos hemos olvidado de soñar, ¡grave error!
¡Quien fuera niño para coger la mochila y echar a correr!













Miércoles, 12 de septiembre de 2007 |
Opinión