Llegan las rebajas: el apogeo del comportamiento consumista. Volveremos a ver, como todos los años, las vergonzosas imágenes del gentío amontonado a las puertas de centros comerciales y tiendas de ropa, esperando a que se abra el telón del espectáculo. Después vendrán las compras compulsivas.

Pensemos un poco. Las rebajas no son otra cosa más que el cierre al negocio que son las navidades, la puntilla que se pone al consumidor hipnotizado. Las tiendas, en realidad, no bajan el precio de su producto, sino que tratan de quitarse de encima aquello que de otro modo terminaría desechado. Muchas veces en las rebajas, las tiendas aprovechan para sacar ropa de otras temporadas que tenían en almacén y las tiran de precio; ante este regalo, el ejemplar de “masa común” no puede resistirse a tan exquisito manjar y termina comprando. Otras veces, aquellas prendas que no han tenido un gran éxito de ventas, se rebajan para incentivar a los compradores que no dudan en comprar algo –aunque no les guste- para «tener fondo de armario». Incluso si algo gusta mucho, se compra a pares. «¡Está todo tan barato que es imposible no comprar!». Al final, el que más o el que menos, saldrá de las rebajas con su porción de felicidad: unos pantalones, una blusa, un par de zapatos elegantes…
En fin… Me despido con una paradoja –a la vez consejo para consumidores- que lleva varios días en mi cabeza: si el día inmediatamente después de Reyes se rebajan las cosas, ¿por qué no retrasar los regalos un par de días?












Lunes, 7 de enero de 2008 |
Actualidad, Sociedad