Los biocombustibles… ¿salvación o perdición?

Viernes, 16 de noviembre de 2007 |

Sociedad

        Ya lo advierte el famoso dicho popular: "no es oro todo lo que reluce"; y bien se podría aplicar al tema de los biocombustibles y su “esperanzadora función” como sustitutivos de los combustibles fósiles. Es “vox Pópuli” que dichos biocombustibles son la solución perfecta para los problemas derivados del fin del petróleo, ya que al provenir de cultivos naturales se pueden generar cuando plazca y además producen menos carbono neto que los productos petrolíferos.

        Pero ¿es esto así en realidad? Hay hechos, datos y estudios, que nos hacen pensar que quizá nos estén vendiendo humo; y lo que es peor, hay seres humanos que ya lo están pagando.

        La gente de Rebelion.org, muy concienciados siempre en este asunto, publicaba hace un par de días un artículo muy interesante en el que, a partir de una bibliografía seria y contrastada, se hace un balance de lo que en realidad representa el uso de los biocombustibles.

        Refiriéndose al problema de la explotación de tierras destinadas a fines alimenticios, ponen un ejemplo –de los muchos que existen- bastante crudo: “Una hambruna asola Swazilandia, que está recibiendo ayuda alimentaria urgente. El cuarenta por ciento de sus habitantes se enfrenta a graves situaciones de escasez de alimentos. ¿Y qué es lo que el Gobierno ha decidido exportar? Biocombustible hecho a partir de un cultivo de uno de sus alimentos básicos, la mandioca. El Gobierno ha asignado varias miles de hectáreas de tierra cultivable a la producción de etanol en el condado de Lavumisa, que resulta ser el lugar más duramente castigado por la sequía.”

        También hablan de la falsa creencia de que estos combustibles son más limpios que los combustibles fósiles: “quemar biocombustibles simplemente libera el carbono que acumularon cuando las plantas estaban creciendo. Incluso si tenemos en cuenta los costes energéticos de la cosecha, el refinado y el transporte del combustible, producen menos carbono neto que los productos petrolíferos. Un reciente estudio del premio Nobel Paul Crutzen muestra que las estimaciones oficiales ignoran la contribución de los fertilizantes de nitrógeno. Generan un gas de efecto invernadero, el óxido nitroso, que es 296 veces más potente que el CO2. Por sí solas, estas emisiones aseguran que el etanol del maíz causa entre 0,9 y 1,5 veces tanto calentamiento como el petróleo, mientras que el aceite de colza (el origen de más del 80% del biodiesel del mundo) genera entre 1 y 1.7 veces el impacto del diesel.”

Fuente: Rebelion.org

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  • Occtavio Rosas Landa

    Palma aceitera en Colombia – ¿Paramilatarismo sustentable?

    Octavio Rosas Landa

    Desde 2005 (año en que el Estado colombiano decretó oficialmente el fin del conflicto paramilitar), las agroempresas están sirviendo para legitimar la posible apropiación de seis millones de hectáreas del territorio colombiano por parte de los mismos paramilitares a quienes el gobierno de Álvaro Uribe dio reconocimiento como agrupaciones políticas. Éstos forman parte del proyecto de Asociaciones Productivas, mediante el cual, los responsables de los genocidios, desapariciones, desplazamientos y despojos a comunidades campesinas, indígenas y negras, podrán reciclarse, a conveniencia, como flamantes “agroempresarios verdes”.

    Al mismo tiempo, organizaciones sociales y comunitarias colombianas, denuncian que, según el censo de 1994, en ese año había 40 millones de habitantes en el país, pero recientemente el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane), dijo que la población actual del país es de 41 millones. “Cómo puede ser”, dice Daniel Libreros, “si el crecimiento vegetativo de la población en Colombia es de 500 mil niños y niñas anualmente, deberíamos ser hoy, en 2007, 46 o 47 millones. Nos faltan al menos 4 millones de personas. ¿Y dónde están? Pues debajo de las carreteras, de las cortinas de las represas, en fosas clandestinas…”

    Los propios jefes paramilitares han admitido que Colombia desconoce aún los miles y miles de muertos que tiene, y buena parte de la población del país se ha insensibilizado a la tragedia. Rebautizados por el gobierno colombiano como “sediciosos” o paramilitares buenos, porque se supone que la motivación para sus acciones mercenarias tuvo un carácter social (con maquillaje de “combate al terrorismo” o “autodefensa”), los paramilitares son financiados por agencias de cooperación internacional europeas, mediante esquemas de reconversión y legitimación social y política.

    La cooperación española ya tiene listo el borrador de un programa de Fondos Canasta, para donar recursos que sirvan para crear asociaciones productivas (de plantaciones de palma africana, por ejemplo), entre las víctimas y los victimarios. En otras palabras, el Estado español financiará un programa mediante el cual, las comunidades masacradas y desplazadas recibirán bimestralmente un subsidio de 600 mil pesos colombianos (unos 330 dólares), de los cuales los campesinos deberán reservar una parte (260 mil pesos o 140 dólares), para pagar la asociación con quienes los han asesinado.

    Es éste el modo como el gobierno de Uribe pretende reconciliar a la sociedad colombiana: que los agredidos reciban en su casa al agresor y financien ellos mismos la explotación de su territorio y de su fuerza de trabajo. De justicia y reparación del daño a las comunidades, ni hablar. Y si las comunidades se oponen, de inmediato se les tilda de terroristas, de oponerse a la reconciliación social.

    El gobierno promueve intensamente la apropiación de tierras que considera “improductivas”, por estar en posesión de comunidades negras en el Chocó Biogeográfico (Curvaradó y Jiguamiandó) o de comunidades indígenas y campesinas en la Guajira, el Catatumbo, Dabeiba, Vichada, Montes de María, el Valle del río Cimitarra, Cacarica y la región del bajo Atrato. Al amparo del llamado Estatuto Rural, aprobado este año, esas tierras las traspasa a los supuestamente arrepentidos paramilitares (para “reincorporarlos”), y que establezcan plantaciones de palma africana y se integren en el boom global de los agrocombustibles, justo en las tierras de aquéllos a quienes durante años se han dedicado a asesinar.

    Desde fines de los noventa, una nueva oleada de violencia paramilitar, aunque esta vez disfrazada de alternativa económica sustentable, ha dejado un saldo de casi 4 millones de desplazados forzados en el país. El propio ministro de agricultura del gobierno nacional colombiano ha dicho que los indígenas “tienen demasiada tierra”: 30 millones de hectáreas para un millón de personas. Insiste que habría que poner esos territorios en su justa dimensión (es decir, reducirlo a una hectárea por persona). Pero lo que no dice el ministro es que de ese territorio sólo es cultivable el 0.1%. El resto son montañas, bosques y fuentes de agua, ni más ni menos.

    Las comunidades de origen africano del Curvaradó y Jiguamiandó, en el Chocó, luchan por recuperar sus tierras con ocupaciones y, una a una, desplantar las palmas y recuperar su agricultura. Tienen urgencia porque las leyes colombianas están rápidamente legalizando el despojo ocurrido a fines de los noventa, con previsiones jurídicas de que si pasan cinco años sin que se presente el reclamo, el usurpador —frecuentemente de origen paramilitar—, puede quedarse con la tierra.

    Otra urgencia de arrancarlas se debe a que las plantaciones de palma africana drenan y desecan los suelos para permitir que las raíces sean más profundas (y más difíciles de desenterrar) puesto que la palma no puede crecer en suelos húmedos como son los suelos en el Chocó Biogeográfico, una de las regiones más lluviosas del mundo.

    En el sur del departamento de Bolívar (en la región Caribe), enclave de comunidades campesinas, rica en biodiversidad, frutos tropicales y agua, el gobierno está titulando entre 25 mil y 30 mil hectáreas de tierra a los paramilitares —que son de ocupación y uso colectivo de pequeños agricultores y que muchas de estas tierras fueron obtenidas desplazando a estas comunidades— para que siembren palma africana y produzcan aceite de palma de exportación.

    El gobierno colombiano ha firmado un convenio con el venezolano para abastecer etanol suficiente para que las gasolinas venezolanas contengan, al menos, un 7% de etanol en el futuro próximo. En Colombia se dedican ya 303 mil hectáreas de tierra a la producción de palma aceitera, pero son insuficientes para los objetivos que se quieren alcanzar: si en la central petrolera de Barranca Bermeja, la mayor del país, se refinan diariamente más de 87 millones de litros diarios del llamado acpm [aceite combustible para motor], la ley estipula que al menos debe producirse 5% de biodiésel (4.35 millones de litros diarios) que saldrán de la producción de aceite de palma, por lo que “ni 600 mil hectáreas de cultivo de palma son suficientes”, según declaró el propio presidente colombiano, cuyo proyecto es llegar a más de 3 millones de hectáreas.

    Representantes de distintas comunidades y organizaciones indígenas (emberakatío, wayuú, kankuamo, barí, kuna), campesinas, afrodescendientes y sociales colombianas, se han reunido en Bogotá para reflexionar sobre los impactos y las luchas que realizan contra las plantaciones de palma africana y caña destinadas a producir biocombustibles. Al encuentro asistieron organizaciones de Paraguay, Nicaragua, República Dominicana, España, Reino Unido, Estados Unidos, México, Australia, Indonesia, Uruguay y Ecuador, convocados por la Comisión Intereclesial Justicia y Paz a participar en el Seminario “Crisis planetaria, derechos humanos y agrocombustibles”.

    Colombia es el quinto productor mundial de aceite de palma, y el gobierno de Uribe busca, afanoso, mecanismos para agilizar los despojos a las comunidades, reforzar los latifundios y vincular las agroindustrias con los esquemas globales de financiamiento que, desde la bolsa de valores de Nueva York, pretenden controlar corporaciones como Citigroup o Chase Manhattan, vinculadas a los nuevos entrepreneurs armados y a transnacionales bien conocidas en toda América Latina, como Cargill, Archer Daniels-Midland, etcétera.

    Entretanto, las organizaciones se han manifestado contra estos combustibles, no sólo por su ya probada ineficacia para responder al cambio climático o porque son una embestida contra la propiedad comunal, la agricultura campesina, el territorio, los recursos y la soberanía, sino porque, también, constituyen una forma de reciclar los monocultivos agroindustriales, los “desiertos verdes” de cualquier tipo (yuca, plátano, mango, maíz, palma, soya, eucalipto), que en Colombia son desiertos rojos, porque están irrigados con la sangre de los campesinos y con el agua que se niega a los pueblos.

    En una plantación típica, cada palma requiere casi 35 litros diarios de agua y en cada hectárea se plantan, en promedio, 139 palmas, de modo que una hectárea de palma aceitera consume al menos 4 753 litros de agua por hectárea diariamente. En un año, las 303 mil hectáreas de palma en Colombia, habrán gastado más de 525 mil millones de litros de agua. Esa agua podría abastecer a casi la mitad de la población de Colombia durante 50 días, en vez de destinarla a alimentar a los autos.

    Además cada hectárea de palma rendirá un promedio de 6 mil litros de aceite, lo cual significa que por cada litro de aceite se insumen casi 300 litros de agua. Eso, sin contar el gasto de agua que implica su refinación para convertirla en el proverbial biodiésel, carburante “renovable y amigable con el ambiente”. Si esto han hecho en 300 mil hectáreas para montarse en el tren de la “conservación ambiental”, imaginemos lo que harán con seis millones. Y Uribe se encuentra muy activo buscando acuerdos con gobiernos como el nicaragüense para ofrecer asistencia en la producción de biocombustibles. ¿Incluirá esa asistencia la aplicación de los métodos paramilitares de apropiación de tierras? Y luego dicen que los gobiernos de América Latina no contribuyen a frenar el calentamiento global.

  • http://www.grain.org/biodiversidad/?id=371 GRAIN

    Malasia e Indonesia: ¿una devastación irreversible?

    GRAIN

    En ninguna otra región del mundo es tan descarada, absurda y frenética la carrera en pos de agrocombustibles como en Indonesia y Malasia. Lejos de contribuir a mitigar el cambio climático, la situación deriva a un gran incremento de las emisiones mundiales de carbono. Es muy grave el redoblado control de grandes superficies de tierra en manos de grupos industriales que se cuentan entre los más despiadados del mundo en términos de destrucción ambiental, condiciones laborales y violaciones de los derechos humanos.

    Indonesia ya volcaba gran cantidad de gases con efecto de invernadero, por el desecamiento y la quema de la turba, cuyas emisiones no se incluyen en las estadísticas oficiales. Si se contabilizaran Indonesia ocuparía el tercer puesto entre los países emisores (detrás de eua y China), y no el vigésimo primer lugar. Si todo el carbono de la turba del sudeste asiático, estimado en unas 50 mil millones de toneladas, llegara a liberarse a la atmósfera, su efecto podría extremar el cambio climático.

    El desecamiento a gran escala de los pantanos de turba [el combustible fósil de residuos vegetales acumulados en sitios pantanosos, de color pardo oscuro, aspecto terroso, poco peso, que al arder produce humo denso], comenzó en 1996 con el desastroso megaproyecto de arroz del régimen de Suharto en el Kalimantan central (la parte indonesa de la isla de Borneo), y continuó al expandirse las plantaciones madereras y de palma aceitera, que al establecerse requirieron drenar la zona. La turba empezó a oxidarse y a lanzar bióxido de carbono a la atmósfera. Al desecarse, la turba se volvió muy inflamable —y se encendió en la época seca. Entre 1997 y 1998 Indonesia fue devastada por incendios que arrasaron 6% del territorio, 11.7 millones de hectáreas. Esos incendios liberaron a la atmósfera carbono equivalente a 13-40% de las emisiones mundiales de combustibles fósiles ese año.

    Desde entonces, los incendios siguen liberando hasta mil millones de toneladas de carbono anuales, mientras se acelera el drenado de los pantanos de turba (más de la mitad de ellos) para establecer nuevas plantaciones madereras y de palma aceitera y producir agrodiésel, con lo cual, el futuro es aterrador. Se teme que la emisión de más de 40 mil millones de toneladas de carbono adicionales que pueden volcarse a la atmósfera en los próximos años podría impedir la estabilización del clima mundial, aun si se recortaran drásticamente las emisiones de los combustibles fósiles.

    Lo inquietante es que las Partes signatarias del Protocolo de Kyoto se den el lujo de ignorar estas emisiones y financien la industria de la palma aceitera y la biomasa, brindando poderosos incentivos a los países industrializados. Y aunque las emisiones de carbono de la deforestación y del drenaje de los pantanos de turba asociados a producir agrocombustibles supere con creces las emisiones de petróleo que sustituirían, como no se contabilizan porque ocurren en el Sur global (donde no existen topes para las emisiones de carbono, según el Protocolo de Kyoto), los países ricos se acreditan “reducción de emisiones”, cuando que exportan sus emisiones y aceleran el calentamiento global.

    Ambiciosos planes. Con un 45% de la producción mundial, Malasia es el mayor productor y exportador mundial de aceite de palma, seguido de Indonesia con 39%. El rendimiento de la palma aceitera en Malasia es casi el doble que el de Indonesia, y su producción es más intensiva —con uso generalizado de agroquímicos (entre ellos el venenosísimo Paraquat, que se utiliza otra vez legalmente después de 4 años en que rigió una prohibición nacional).

    Pero Indonesia planea multiplicar 43 veces su volumen actual de producción de aceite de palma y ampliar la superficie plantada de 6.4 millones de hectáreas en 2006 a 26 millones de hectáreas en 2025. Pretende instalar plantaciones de caña de azúcar y tempate a gran escala, también para agrocombustibles. Ya se deforestaron 12 millones de hectáreas adicionales, supuestamente para cultivos de palma aceitera, pero aún no se siembran, lo que alimenta sospechas de que algunas empresas más bien estén interesadas en la rápida ganancia de la venta de madera, y no en agrocombustibles.

    La fiebre inversionista ha atraído —mediante exenciones, subsidios y políticas públicas— miles de millones de dólares en inversiones de capital nacional e internacional. Malasia e Indonesia han decidido destinar a la fabricación de agrodiésel el 40% de la producción de aceite crudo de palma. Entre los inversionistas licenciados para la producción de agrocombustibles, los más importantes son las empresas malayas Golden Hope, ioi Corporation, Kulim, y Carotino. A principios de 2005, la empresa pt Smart (del grupo Sinar Mas) cerró un contrato de inversiones por 5 500 millones de dólares con la China National Offshore Oil Corporation (cnooc) y Hong Kong Energy. El poderoso consorcio empresarial Raja Garuda Mas, anunció inversiones por 4 mil millones de dólares en plantaciones de palma aceitera y una nueva refinería de agrodiésel en Sumatra.

    Al amparo de la descentralización en Indonesia, Sinar Mas, Raja Garuda Mas y el grupo Salim Group, ligados alguna vez al dictador Suharto, se fortalecen otra vez, funcionando como un Estado dentro del Estado, se reparten entre sí el Kalimantan, y gobiernan con el respaldo de grupos paramilitares. Los tres grupos tienen lazos estrechos con China, y se han hecho famosos por su devastador comercio de madera. app y april, las empresas más culpables de la destrucción de las selvas tropicales de Sumatra, ahora son parte de los consorcios que destruyen los bosques de Kalimantan y Papúa Occidental para producir aceite de palma (extrayendo y vendiendo la madera en el proceso). También están metidos en los negocios el veterano grupo indonesio Bakrie y la firma Wilmar International. Transnacionales como Archer Daniels Midland y Cargill invierten directamente, mientras Shell, Neste Oil, Greenergy International y BioX se asocian con otras empresas grandes de agrodiésel de aceite de palma o importan fuertes cantidades de aceite de palma.

    Las comunidades locales pagan el costo. El recalentamiento global acelerado amenaza las vidas de los indonesios. Muchas comunidades perderán su medio de sustento con el cambio de uso de suelo en millones de hectáreas que serán destinadas a las plantaciones. Las comunidades locales e indígenas son las más seriamente afectadas, ya que la expansión de la palma aceitera ocurre a costa de las selvas tropicales, los pantanos de turba y las tierras comunitarias con régimen de “derechos consuetudinarios”, que les pertenecen.

    Según diversos informe, unos 60 millones de indígenas de todo el mundo —5 millones de ellos en el Kalimantan occidental— pueden ser desplazados de sus territorios para dar lugar a plantaciones de agrocombustibles. Es la intensificación de un modelo de destrucción en marcha, pues muchas de las empresas de palma aceitera y agrodiésel son propiedad de grupos que talan bosques y comercian con madera desde hace décadas.

    El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que en 15 años se habrá destruido 98% de las selvas tropicales lluviosas de Borneo y Sumatra, uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta. Unos 90 millones de personas viven en esas áreas boscosas, de las cuales hay unas 45 millones que dependen de las selvas. Según Marianne Klute de Watch Indonesia, “Sumatra ya parece una única megaplantación. Ahora Kalimantan se transforma en una especie de invernadero donde se produce combustible para satisfacer las necesidades energéticas de los países industrializados”.

    Y la apropiación de la tierra está generando conflictos. En marzo de 2007 Save Our Borneo manifestó que los derechos consuetudinarios de unas 2 mil comunidades dayak del Kalimantan central están amenazados por la expansión de la palma aceitera. Hay encarcelamientos y hasta asesinatos contra aquéllos que oponen resistencia a la toma de sus tierras a manos de las empresas, o contra quienes protestan por las malas condiciones de trabajo.

    En una Carta Abierta a la Unión Europea, la ong indonesa Sawit Watch alertó que “más comunidades locales y pueblos indígenas se verán privados de sus tierras y su sustento”. Miles de comunidades que antes gozaban de autosuficiencia alimentaria en sus ecosistemas boscosos y con su agricultura tradicional, hoy tienen que comprar arroz en el mercado interno, aumentando así la presión sobre el abasto de arroz, que en Indonesia ya está tirante debido al cambio climático y la conversión del suelo para otros usos noagropecuarios.

    Un tercio de la superficie de palma aceitera en Indonesia está cultivada por pequeños agricultores, y el gobierno tiene previsto que en el centro de cada unidad de producción de aceite crudo de palma haya una plantación a gran escala, rodeada de muchas parcelas pequeñas. A algunos agricultores minifundistas se les ha presionado a aceptar títulos de propiedad que les reconocen menos de la mitad de su tierra. Y además pierden rápidamente su autonomía, a medida que se endeudan al reconvertir sus parcelas para la producción de palma aceitera, pasando a depender de los dueños de las grandes plantaciones, para la molienda y la venta de su producción.

    En Malasia, el gobierno planea explotar un millón de hectáreas con palma aceitera en Sarawak, en suelos amparados por el ‘derecho consuetudinario nativo’, donde se instalan plantaciones en tierras reclamadas por las comunidades indígenas orang asli y dayak.