Tengo dos amigos y un libro.
Mi primer amigo no es guapo, ni alto, ni inteligente; es más bien vulgar y ramplón. Lo conozco desde hace mucho tiempo, y siempre hemos estado el uno al lado del otro. Toda su vida ha sido muy aplicado y disciplinado: es antropológicamente sumiso. Hace un par de meses comenzó a trabajar, y esto le ha hecho perder la poca capacidad de innovación que le quedaba. Me creo superior a él, porque en realidad lo soy. Siempre que estoy inseguro y necesito que alguien me escuche, quedamos; cuando nos ponemos a hablar y empiezo a contarle mis ideas, en realidad intento convencerme a mí mismo de ellas. En el fondo siento lástima por su candidez. Nunca olvidaré el día en que vi cómo una chica lo rechazaba por su fealdad; él intentó disimular, pero a un buen observador como yo no se le escapó que su alma quedó rota. Sin duda alguna, es un ser ordinario.
Mi segundo amigo es especial. Ni siquiera importa su belleza, ya que tiene una perspicacia extraordinaria. Lo conocí hace poco, y debo reconocer que siento admiración sana por él. Es un espíritu libre que vive del arte que sale de sus manos. Se sabe superior a mí, pero también intuye que es porque yo estoy sin pulir. Su problema es que es demasiado orgulloso. Un día, charlando sobre metafísica, le demostré que sus conceptos acerca de ésta estaban anticuados, y en vez de darme la razón, prefirió fingir un terrible dolor de cabeza para así irse a casa. Esta fue la única vez que le enseñé algo, porque el resto de las veces soy yo el que siempre obra como alumno. Tiene un éxito tremendo con las chicas; debe ser porque se huele a la legua que es una persona con éxito. Siempre intenta darme lecciones sobre cómo conquistarlas, aunque no le suelo hacer mucho caso: prefiero guiarme por mis instintos. Otra de sus muchas virtudes es que tiene una voz muy dulce. Sin duda alguna, es un ser extraordinario.
Mi libro contiene todas las verdades sobre el Ser Humano. Lo compré hace dos años en un rastro. Tiene 1231 páginas, es de carácter anónimo y no tiene título; tampoco tiene hilo argumental, ya que se compone de aforismos más o menos concordantes entre sí. Mi aforismo preferido reza así: “Vivir es amar”. Quizá sea demasiado simple, pero nunca una frase tan corta dijo tanto. Hay otro que me gusta mucho, que dice: “El perdón hace daño a la razón”. Cuando lo leí por primera vez, comprendí que tenía un verdadero tesoro entre mis manos. Lo suelo leer dos veces cada mes, y siempre extraigo algo nuevo y enriquecedor de él. Nunca se lo he prestado a nadie, y tampoco creo que lo haga; mi existencia sin él ya no ha lugar.
Y esto es, básicamente, todo lo que tengo en mi vida.











Domingo, 6 de enero de 2008 |
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