Recuerdo que hace no mucho, tuve con un amigo una interesante conversación sobre si el deporte era o no cultura. Al final, como suele pasar cuando se lleva un debate por los cauces del juicio humano, llegamos a conclusiones claramente relativistas; es decir, nuestras reflexiones dependían de cómo se miraran. En realidad, todo puede ser considerado cultura: nuestra manera de ver el mundo e interpretarlo, lo que nos distingue como especie, cualquier actividad o gusto por el hecho de ser humano… Por otra parte, también puede realizarse una selección más exquisita, y tachar de cultura aquello que realmente sea susceptible de ser englobado en el marco de lo diferente, sugestivo, bello, excepcional… Para resumir, que desde un cuadro de Picasso hasta una canción de “El Koala”, la cultura se elonga.
¿Y todo esto a raíz de qué? Pues, esta pregunta ha vuelto a hacerme pensar tras algunos acontecimientos que me han llamado la atención esta semana, principalmente dos: el lunes, viendo los informativos televisivos, quedé algo sorprendido al comprobar como en la parte “cultural” de los mismos se hablaba –en realidad, se promocionaba- el nuevo disco de David Bustamante; y ayer, dándome una vuelta por un diario digital en internet, pinché en la categoría de cultura y me encontré como noticia la vuelta a los escenarios de las Spice Girl.
En realidad, no es que tenga mucho en contra de estos “artistas” –esencialmente me dan igual-, pero me lo volví a plantear: ¿es esto cultura? En mi favor, debo decir que esta vez he asimilado algunas cosas. He comprendido, por ejemplo, que la cultura occidental actual, ha sido masificada; es decir, al igual que existen los productos de consumo, la cultura parece haberse convertido en un negocio que, para llegar al nivel de las masas, ha tenido que sufrir una metamorfosis, claro está, que hacia el ocaso.
“Cuando desciende el sol de la cultura, hasta los enanos proyectan grandes sombras.” (Anónimo)













Miércoles, 14 de noviembre de 2007 |
Opinión, Sociedad