El banco era en aquel momento el mejor asiento que pudiese existir. Todo la gente pasaba delante suya, pero él estaba solo. Solo en aquel banco. Sin esperar a nadie, buscando su verdad en el fondo de la plaza.
Su ojos estaban clavados en una dirección. Una sensación lo estremeció y una mano agarra su hombro suavemente.
-Hola, ¿que tal? - dijo una voz.
Extrañado, se giró a mirar quien era. En el camino se encontró con una mirada ilusionada. Esa mirada transmitía felicidad. Una felicidad que nunca antes había sentido. Un sentimiento que le hacía pensar que estaba en una nube y que el mundo también dependía de él.










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27 Abril, 2008 a las 19:25
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