Te despiertas.
Poco a poco reconoces donde estás. Oyes un bullicio que te rodea, pero nadie habla contigo.
Te ves reflejado en el cristal y aprecias que tu barba ya es de hace un tiempo, ¡ni te dieras cuenta!
Comienzas a percibir que estás en un autobús, y no sabes a donde se dirige.
Todavía no estás espabilado e intentas recordar por qué te despertaste. Crees recordar que fue porque el conductor se detuvo a aconsejar a un viandante perdido.
Al cabo de un rato tratas de averiguar cuál es el destino del autobús, pero nadie sabes cómo responderte o quizás ellos tampoco saben a dónde se dirigen.
Como otros, bajas en la siguiente parada.
El lugar no parecía muy transitado, aunque las instalaciones eran bastante completas: había línea de metro, de ferrocarril y, cómo no, una estación de autobuses.
La poca gente que había se movía frenéticamente. Caminaban de un lado a otro intentando informarse de los destinos de los distintos medios de transporte.
Muchos optaban por el metro. Era un viaje tranquilo, sin apenas molestias, y el destino del viaje era bastante reconfortante, pero al ir en metro todas las vistas y paisajes se perdían. Solo apreciabas lo que ocurría dentro del vagón.
Otros, los que menos, preferían la línea de ferrocarril porque, aunque el viaje no era muy cómodo, los paisajes eran maravillosos y el destino, simplemente, lo elegías tú.
Las demás personas preferían otra vez el autobús. El destino era incierto, y los paisajes apenas se apreciaban entre las cortinas que pasaban algunos pasajeros. Pero en este viaje, el destino lo elegía el conductor por ti.
La verdad es que no sabes que opción elegir, pero te inclinas hacia el viaje en tren, pues si te vuelves a dormir, el acomodador se molestará en despertarte e indicarte la información que necesites…y por lo menos disfrutarás con el paisaje.



























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